Traigan los caballos vacíos de David Niven

David Niven

David Niven

Si tuviera un hijo que deseara fervientemente ser actor le recomendaría la lectura de este libro.  Sí, a pesar de que tiene más de cincuenta años. Y la verdad es que me hizo desternillarme en muchos momentos. Su comienzo es realmente atractivo.

(…)Ser actor estriba esencialmente en ser un egomaníaco, puesto que si el actor no es así, muy mal le irán las cosas. Ahora bien, el supremo acto de egomanía consiste en sentarse a escribir ciento treinta mil palabras acerca de uno mismo.(…)

Y de eso los escritores sabemos y huimos a partes iguales. En aquella época…

(…)”Hollywood” era un pueblo y los estudios eran “familias”(…)(…)Formábamos una comunidad internacional en la que había la máxima camaradería posible y el mínimo rencor(…)

Como aficionada al cine que me considero, este libro abría un mundo mágico detrás de las bambalinas que me introdujo de lleno en una realidad que me era completamente ajena. Pues un actor en aquella época dependía de un crítico de prestigio, un crítico al que si no le caías en gracia te sepultaba en ¡un solo artículo!

(…)Hedda Hopper y Louella Parsons, sin duda alguna las más irreductibles periodistas del chismorreo del mundo entero, no tenían la menor dificultad en encontrar plaza en dicho avión, y, para mayor refinamiento de la tortura, se les solía asignar butacas contiguas.(…)(…)Tuvieron un poder desproporcionado, con respecto a lo que eran, y una cantidad de lectoras totalmente desproporcionada con respecto a su calidad literaria. Tenías manías de grandeza y piel del grosor de un brontosaurio(…)

Y en aquella familia dependías de que te invitaran ya fuera a pescar tiburones o a las mayores fiestas posibles buscando que alguien se fijara en ti más tarde en un plató. Y esto creo que sigue siendo vigente hoy…Sus amigos eran ni más ni menos que Clark Gable, Samuel Goldwyn, Liebert, Gilbert Roland, Flyin, Judy Turner, Charles Chaplin, Fred Astaire…y tantos más que nombra a lo largo del libro en los que va perfilando los grados de amistad. Y es que las películas daban dinero y los actores…¡y los pobres escritores!

(…)Si éstos no hubieran recibido buenos guiones, hubieran tenido que quedarse sentados, dedicados a meterse el dedo en las narices(…)

Hasta William Faulkner tuvo que rebelarse contra las órdenes de la Metro Goldwyn Mayer y cómo se aprovechaban…

(…)Charles MacArthur presentó un mecánico de garaje, londinense, y analfabeto a L.B. Mayer, diciéndoles que era el “mejor autor teatral inglés, desde los tiempos de Bernard Shaw” y el joven analfabeto era contratado por mil dólares semanales(…)

A Fitzgerald…

(…)Estuvo conmigo en Nueva Inglaterra, mientras rodábamos exteriores, y me di cuenta de que este hombre no tiene remedio. Estuvo borracho perdido todo el tiempo, no hizo más que perder trenes, extraviarse, insultar a la gente. No escribió ni una sola línea útil.(…)

Realmente me sorprendió que estos nombres que para nosotros hoy en día son casi “sagrados” tuvieran que sobrevivir redactando guiones para gente desconsiderada y pagándoles con apenas un camerino.

Y mientras absorbes los detalles de David Niven por conseguir un papel que lo sacara del anonimato “sufres” al leer que para ello debieron gustarle la caza de patos o disfrutar de un fin de semana en una finca en Santa Fe.

(…)Para un joven actor desconocido, como yo, el ser aceptado por uno de los gigantes de Hollywood era tan embriagador que tardé bastante tiempo en darme cuenta que, bajo la capa de alegría, optimismo, y amor a la juventud de Douglas Fairbanks, éste vivía sumido en una gran tristeza.(…)

Así que, volvamos a las fiestas..

(…)La clasificación de las fiestas de Hollywood abarca desde la fiesta solemne hasta la orgía(…)(…)En aquellos tiempos, los impuestos eran bajos, los salarios eran altos, y si entre los invitados había algunas personas que pudieran calificarse “beneficiosas para el desarrollo de la carrera profesional”, el coste de la fiesta podía deducirse del líquido imponible, siempre y cuando la presencia del invitado en cuestión pudiera demostrarse.(…)

¿Estáis sonriendo por lo bajito?
De sus innumerables amigos que pasan por el libro de David Niven fijé mi atención en un actor que a mí me encandilaba cuando niña. Cuando le observaba bailar sus pasos se elevaban casi por encima de la pantalla hasta no ver nada más. Ése era Fred Astaire al que él se refería como El As. Me gustó que contaran algo sobre cómo conciliaban con sus vidas personales.

(…)Además de su formidable talento artístico, aquel hombre generoso y amable tenía tres hijos que le adoraban y cuya adoración se había granjeado gracias a tratarles en todo momento con comprensión y a ayudarles en la solución de sus problemas de adolescencia, de los principios de carrera, y de sus matrimonios.(…)

Y las generalizaciones dañinas a menudo lanzadas por los periodistas acerca de sus vidas, que si no eran invitados, se volvían capaces de inventar los detalles sin importar las consecuencias.

(…)Los agentes y los publicitarios dominaban el mercado en el renglón de las úlceras, en tanto que los escritores y los actores a menudo terminaban siendo alcohólicos o drogadictos. Un gran número de actrices, decía el artículo, se suicidaba, intentaba suicidarse o sufría depresiones nerviosas. No me tomé en serio el artículo hasta el momento en que el autor daba la lista de las bajas(…)(…)El artículo daba un lúgubre cuadro de lo que podía ocurrirle a la mente de una mujer de unos treinta años, más o menos, al comenzar a darse cuenta, después de años de adulación y del convencimiento de que la mitad de la población masculina del mundo deseaba acostarse con ella, de que en realidad, su famosa cara y sus famosas curvas dan muestras de estar perdiendo la gravedad.(…)

Y se despide con: El undécimo mandamiento “No serás descubierto”

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