Musicofilia de Oliver Sacks

Oliver Sacks

Quizá solo fuera entre tenerte y cantarte que aquello que iba a salvarme fuera a corear a ritmo que nublara todo acto razonable, pues postrado y sin autonomía aún podría entonar hasta llegar a un lugar llamado maravilla. Un lugar que reconocieras tuyo por entrar conmigo cada día antes de mi postración. Entonces alzaría tu petición tarareándola entre notas que me devolvieran cordura y una cabal conexión.

Pero si en ella, caigo en el letargo estático de un éxtasis figurado que no tiene pensamiento, ni olor, ni movimiento. Si en la misma posición quedo como muñeco de trapo sin posibilidad de alzar una débil voz, acércate a mi oído y canta para mí un estribillo.

Oliver Sacks nos dice: (…)La extraordinaria tenacidad de la memoria musical que gran parte de lo que se oye durante los primeros años puede que quede en el cerebro durante el resto de nuestra vida. Nuestros sistemas auditivos, nuestros sistemas nerviosos están exquisitamente afinados para la música(…)(…)Chaikovski era consciente de que su enorme fertilidad melódica quedaba muy por encima de su comprensión de la estructura musical, pero tampoco deseaba ser un gran compositor arquitectónico como Beethoven; se sentía totalmente feliz siendo un gran compositor de melodías(…)(…)Y hasta qué punto obedece a resonancias especiales, sincronizaciones, oscilaciones, excitaciones mutuas, o retroalimentaciones en el circuito nervioso inmensamente complejo y de muchos niveles que subyace a la percepción musical y la reproduce, es algo que todavía no sabemos.(…)(…)puede verse afectada por ciertas lesiones cerebrales; hay muchas formas de amusia. Por otro lado, la imaginería musical puede volverse excesiva e incontrolable(…)

¿Qué hay en el cerebro de un compositor? ¿Qué molestia o afinidad para querer tocar solo un instrumento y no otro? ¿Qué ejercicios realiza su mente creativa que se desdibuja entre redondas, corcheas o negras? ¿Qué silencios o crescendos, agonía o éxtasis orquestados por una mano invisible que lleva el compás del movimiento de sus pentagramas? La música embriaga el cerebro y su estribillo campa como gusano que por su territorio pasea, conquistando área por área.

(…)No “oigo” la música sino que “veo” mis manos en las teclas delante de mí y las “siento” mientras tocan la pieza, una interpretación virtual que una vez comenzada, parece desarrollarse o proseguir por su cuenta.(…)(…)Aún cuando sea involuntario o inconsciente, repasar algunos pasajes mentalmente es una herramienta crucial para todos los intérpretes, y tocar de manera imaginaria puede ser tan eficaz como tocar realmente(…)(…)Esto no es una casualidad, pues dicha música, en términos industriales, está pensada para “enganchar” al que la escucha, para ser “pegadiza”, para abrirse camino, como corticos, hacia el oído o la mente; de ahí el término “gusanos auditivos”, aunque más bien deberíamos llamarlas “gusanos cerebrales”

Y es que la música nos une en un lenguaje emocional en el que a coro cantamos aquello que no podemos expresar ni aún con las mejores intenciones pues la música llega al corazón como la poesía, y en su ritmo y en su lírica hallas el rincón donde guarecerte. El hogar comunicativo común a todos los seres sintientes como las matemáticas que aclaran las espirales del infinito desconocido y ausente. Pero ¿Cuánto puede llegar a sufrir un cerebro musical?

(…)Para aquellos que padecen ciertas enfermedades neurológicas, los gusanos cerebrales o los fenómenos afines -la repetición compulsiva, automática o ecoica de tonos o palabras- pueden adquirir fuerza adicional(…)(…)La mitad de nosotros vamos conectados al iPod, inmersos en conciertos de nuestra propia elección que durarán todo el día, prácticamente ajenos a cuanto nos rodea, y para aquellos que no están conectados surge una música interminable, inevitable(…)(…)Este bombardeo musical causa cierta tensión en nuestros sistemas auditivos, exquisitamente sensibles, que no pueden sobrecargarse sin que haya consecuencias funestas(…)(…)Su música siguió sonando extremadamente alta e instrusiva y sólo se detenía cuando ella estaba intelectualmente inmersa en otra cosas(…)(…)Casi todos mis pacientes o corresponsales ponen énfasis en que la música que “oyen” parece tener al principio un origen externo -una radio, televisión cercanas, un vecino que pone un disco(…)- solo cuando los pacientes pueden encontrar la fuente externa se ven obligados a inferir que la música la genera el cerebro.

Pero es tan inusual y acogedor el lugar sobre el que se asienta para abrazar nuestras ganas de soñar que toda esa música influirá aún sin ser compositor o demostrar dotes especiales para su ritmo. Y lo que es más sorprendente y por eso esbocé una imagen al principio, puede reconectarnos con nuestros seres que se han marchado debido ya sea a un parkinson o tipos de demencia.

(…)A principios de los noventa, Frances Rauscher y sus colegas de la Universidad de California en Irvine diseñaron una serie de estudios para ver si escuchar música podía modificar las capacidades cognitivas no musicales. Publicaron varios concienzudos artículos en los que afirmaban que escuchar a Mozart (en comparación con escuchar música de “relajación” o el silencio) aumentaba de manera temporal la lógica espacial abstracta(…)(…)El poder de la música en el parkinsonismo, sin embargo, no depende de si es conocida o de si gusta o no, aunque en general la música funciona mejor si es conocida y apreciada(…)(…)Resulta útil a los individuos que tienen problemas de equilibrio(…) A quienes padecen Huntington, y que tarde o temprano desarrollan problemas intelectuales o conductuales además de corea, también podría beneficiarles el baile y, de hecho, cualquier actividad o deporte con un ritmo o “melodía cinética” regular.(…)

Entre la inspiración y la molestia hay todo un mundo de colores entre los que evocar pensamientos ayudados por un acorde. Una némesis que vuelve automáticas muchas de nuestras acciones y que pueden llegar a servir de recurso o intentar ensordecer para poder salir de su habitación orquestada, precisa y con tonos descontrolados. Son las dos caras de la ensoñación y el trabajo artístico que lleva la memoria tejiendo para sí una red salvadora sobre la que caer. Y a sabiendas o no, nos entregamos.

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