El gran viaje

Miguel VillaNadie se creería hoy que un frasco de especie de clavo de olor o similar hubiera podido desencadenar hasta una guerra. Esos frascos que con tanta alegría y abundancia utilizamos hoy resultaban ser el oro negro en 1519. Una metáfora similar ocurre con el oro negro de nuestro siglo, el fatídico petróleo. Podría decirse que la ambición de un rey llamado Carlos I le llevó a financiar una expedición hacia el nuevo mundo siendo Fernando de Magallanes el que pondría la Trinidad rumbo a las Islas Molucas y tras ellos; la Santigado, la Concepción, la Victoria y la San Antonio. A bordo, en una de ellas el intrépido Juan Sebastián Elcano.

(…)Europa había descubierto América hacía menos de treinta años. La corona española y la portuguesa rivalizaban en obtener el mayor poder posible. Una de las calles de ese poder era el mar(…) (…)En ese momento, la posesión marina más preciada era la Ruta de Especias. El comercio del clavo, la nuez moscada o el jengibre daba tal cantidad de beneficios, que se arriesgaba todo. Para obtenerlo o para conservarlo.(…) (…)El viento impulsaba el buque. Sonrió satisfecho, miró las aguas y luego al cielo y musitó una oración de gracias. Hoy tendrían buen viento y mar en calma(…)

Desde el primer capítulo te introduce directamente en la época con su escenario. Con la dificultad de encontrar marineros expertos, cosmógrafos, capitanes, hombres valientes en los que confiar esas expediciones hacia lo desconocido, con la gallardía de encontrar el oro que resolvería su porvenir. Te vas involucrando en la misma; en querer conocer los detalles de tan audaz viaje, hasta el punto, que casi no te deja respirar entre uno y otro capítulo. Quedas inmerso hasta el final en su oleaje y su ley del mar. Entre las órdenes, los motines y el escorbuto. Entre los jefes de tribus que también tenían sus leyes y su defensa a pesar de lo ignorantes que les consideraban los europeos. Y los datos investigados pasan a formar parte de un conjunto que vives con libertad y al mismo tiempo con el recuerdo (diría que imperecedero) sobre la suerte del que llegó primero, quién se quedó por el camino y quién tuvo la confianza para avanzar.

La época bullía de expediciones, exploraciones, grandes fracasos, grandes éxitos que ampliaban el conocimiento que los europeos tenían del mundo.(…)(…)Siglos de tradición provenientes de la Edad Media, decían que más allá de lo conocido sólo habitaban monstruos, nieblas que cerraban sobre las embarcaciones, tormentas horribles que tragaban tripulaciones enteras(…) (…)El comienzo se había iniciado hacía poco menos de un siglo. En Portugal. De forma secreta, la corona de Enrique El Navegante había estado patrocinando y pertrechando barcos. El objetivo: pasar primero el cabo Bojador, al sur de las Canarias, y posteriormente bordear África(…)(…)Bartolomé Díaz logró llegar al punto más al sur del continente, el cabo de las Tormentas, y cruzarlo(…)(…)Diez años más tarde en 1498, Vasco da Gama volvía a cruzar el cabo hasta llegar a la India por primera vez.(…) (…)Y así fue como aconteció. No sólo les negaron la expedición, sino cualquier posibilidad de medrar en ambientes cortesanos(…) (…)Al otro lado de la frontera, España acababa de embarcarse en la carrera de descubrimientos. Y no tenía el monopolio de la ruta de las especies. Ruy Faleiro sabía que el actual rey de Castilla, el emperador Carlos I, haría lo que fuese por obtenerlo(…)

Es una novela cuya aventura te deja con la sensación del recuerdo lejano de unos estudios escolares abruptos con libros áridos en los que formulabas el deseo de un ojalá que la historia me la hubieran presentado de aquella manera para haberla aprendido no solo a memorizar sino a disfrutar con el testimonio y el complicado entresijo de la humana prosperidad.

(…)El viaje había sido tranquilo y rutinario. Algo inusual, por lo que el capitán Serrano se alegraba. Incluso la entrada en el Guadalquivir y arribada a Sevilla, a pesar del peso que acercaba la quilla del buque a los peligrosos bajíos arenosos del río en determinadas zonas. Los operarios recogían la primera caja de botellas, que salían a la luz tras su embarque y estiba. Colgada de cuerdas era bajada con cuidado. El capitán detuvo su mirada en el cargamento un momento, antes de girarla hacia otro lado del muelle, hacia una mujer.(…) (…)Tres hombres, pues, cruzaban la ciudad hacia el Alcázar Real, sede de la Casa de Contratación. Dos de ellos iban ligeramente detrás del primero, vigilando alrededor. Tensos, preparados. Juan Sebastián Encano, que abría la marcha tranquilo.(…) (…)El maestre se encargaba de mantener la disciplina de la tripulación. Es por ello que Elcano se aproximó, con mucha curiosidad y perplejidad. Como hombre de pocas palabras que era, se limitó a inquirir con la mirada y la cabeza, dejando que su compañero se explayase.(…)(…)-¿Y cuáles son las consecuencias? Tendré que continuar con cuarenta amotinados en mis barcos. -¿Cómo? (…)Vaciaremos los cinco buques para limpiarlos y repararlos en su totalidad, como en un astillero. Cada onza de víveres tendrá que ser retirada y almacenada en tierra, para después estibarse de nuevo. Cada metro de madera será pulido y en la obra muerta, arrancadas las conchas y algas que se han adherido durante la travesía. -¿Y quiénes se encargarán de realizar las tareas más pesadas, las más ingratas, con media ración justo para mantenerse con vida? -Pigaffeta palideció.(…) (…)Juan de Cartagena es el instigador del motín, además de haberse levantado contra vuestra merced otra vez.(…)(…)Ese bastardo ha sido nombrado veedor real por nuestro emperador. No me atrevo a ejecutarlo aún siendo doble amotinado. El hecho de ser hijo ilegítimo de nuestro querido obispo Fonseca no sería impedimento para que su cabeza rodase por la cubierta de la Trinidad. No, es intocable. No puedo ejecutarlo(…)

(…)Al estar todos los supervivientes de nuevo en servicio, Magallanes decidió que irían a esa isla de inmediato para investigar acerca de la ruta más deseada. Sin embargo, para despedir adecuadamente a los asiáticos, ordenó una salva con los arcabuces. El ruido atronador sobresaltó a los isleños, que gritaron aterrados, empezando al instante a correr hacia la borda.(…) (…)El rumbo que llevamos no nos complace, Carvalho. El asalto pirático al buque mercante ha sido lo que nos decidió. Nosotros somos marinos mercantes, con una misión clara. Hemos votado y se ha decidido que Juan Sebastián Elcano y yo mismo comandaremos la expedición. Él será el capitán de la Victoria y el tesorero, dadas las increíbles dotes marineras y su honradez absoluta. Yo comandaré la Trinidad(…)(…)LaVictoria pasó por el sur de Madagascar a una distancia suficiente para evitar los barcos que navegasen por la zona. La inquietud de algunos marineros se hizo notar al no detenerse en la colonia portuguesa. Las bombas de achique tenían que utilizarse ahora cinco horas al día.(…) (…)Tres años antes, estaba en el muelle viendo partir a cinco naos. Ahora, cuando subió a bordo y vio los restos del barco y la tripulación que lo gobernaba se le cayó el alma al suelo. Estaba muy dañado, y sólo un milagro había permitido que los veinte hombres que distinguió pudiesen haberlo gobernado y traído a patria.(…)

El gran viaje a las islas Molucas está descrita con el esmero detallado de la historia y el ritmo trepidante de una aventura. ¡Y encima es gratuita! No me lo podía creer…

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