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Categoría: Opinando sobre libros que me encantan Página 2 de 6

La Agonía y el Éxtasis de Irving Stone

Irving Stone

Irving Stone

Si tuviera que elegir un solo libro que explicara mi amor a la literatura y lo que ésta puede ofrecernos como valor intemporal, esta sería mi elección. Por su rigor de vida no solo como testimonio de un genio escultor, arquitecto y renacentista sino por el estudio detallado de su personalidad que describe tan minuciosamente que pareciera  le hubiera acompañado en cada trabajo, cada trazo dibujado, cada aceptación y cada rechazo. Es la vida del escultor Miguel Ángel Buonarroti de Irving Stone. Leer su pasión por él es adentrarse hasta en los recovecos más refinados de lo que suponemos pudo constituir la genialidad de uno de los más grandes de todos los tiempos. Su trabajo lleva el mismo cincelado del escultor que entresaca de su bloque de piedra una obra de arte. Admirar su obra no es posible sin haberse leído esta biografía.

Su vida es para mí la caricia que lleva el trabajo que pasa por sus manos como un todo en su andar. Un reflexión sobre la profundidad que hay tras cada lucha personal que aunque fuera dada en el mundo del arte, ejemplifica a un ser humano con el coraje de enfrentar sus circunstancias más allá de sus dotes. Con la visión adelantada de trascender sobre lo que el ser humano es capaz de hacer perdurar cuando se esfuerza al máximo por ofrecer lo mejor de sí mismo, trabajando en solitario o en equipo. Con el resultado de conseguirlo aún soportando las mayores injusticias en sus contratos.

(…)El pintor dibujaba para ocupar espacio, y el escultor para desplazarlo. El pintor dibujaba la vida dentro de un marco, mientras que el escultor la dibujaba para sorprender el movimiento, para descubrir las tensiones latentes dentro de la figura humana. El pintor, decía, dibuja para revelar lo particular, pero el escultor lo hace para desenterrar lo universal. Miguel Angel había intuido ya algo de aquello, pero una buena parte la reconocía como la dura sabiduría de la experiencia.(…) -Soy un stufato- se disculpaba Bertolo-. Todo cuanto han creído durante dos siglos los escultores de la Toscana, ha sido inculcado en mi cerebro. Tienes que perdonarme si se escapa obiter dicta. Escúchame, Miguel Angel: tú dibujas bien. El dibujo es una vela que puede ser encendida para que el escultor no tenga que andar a tientas en la oscuridad, un plan para comprender la estructura de lo que está contemplando. Tratar de comprender a otro ser humano, luchar en busca de sus profundidades, es la más peligrosa de las empresas humanas. Y todo esto es cometido por el artista sin otra arma que su pluma o su carboncillo de dibujo.(…)
(…)Un día llegó Poliziano a su habitación y dijo: -¿Puedo sentarme, Miguel Angel? Acabo de poner fin a mi traducción de «Metamorfosis» de Ovidio al italiano. Mientras traducía el cuento de Néstor sobre los centauros, se me ocurrió que vos podríais esculpir una hermosa pieza de la batalla entre los centauros y los tesalinienses. Miguel Angel, sentado en el lecho, contempló fijamente a su interlocutor y comparó la fealdad de ambos. Policiaco estaba inclinado hacia adelante, sus ojos vidriosos y su cabellera negra se le antojaron al muchacho tan húmedos como los labios repulsivamente carnales. No obstante, a pesar de su horrible fealdad, el rostro del sabio estaba iluminado por una luz interior al hablar de Ovidio y su poética narración de los cuentos griegos.(…)

La fascinación que te hacía sentir viéndolo correr, esconderse por las noches, escapar de los malhechores para acceder al único lugar donde le era permitido investigar la anatomía del ser humano, órgano a ramificación, para conocer cómo encaja, cómo florece o se marchita. El hedor tallaba su carácter de seguir aprendiendo a pesar de encontrarse con encargos en los que no se hallaba, él buscaba aprender la lección que le ofrecían con la interrogante al misticismo que ayudaba a moldear.

(…)Pasó mucho tiempo frente a la crucifixión de Donatello, en la iglesia de la Santa Croce, maravillado ante la magnificencia de su concepción. Fuera cual fuere la emoción que Donatello había intentado lograr, había conseguido la fuerza combinada con la lírica de la realización, el poder de perdonar y de dominar, la capacidad de ser destruido así como resucitado. No obstante, Miguel Angel no sentía en su interior ninguna de las cosas que Donatello había sentido. Nunca había comprendido claramente por qué Dios no hubiera podido realizar por sí mismo todas las cosas que encomendó a su hijo hiciera sobre la tierra. ¿Por qué necesitaba Dios un hijo? El cristo exquisitamente equilibrado de Donatello le decía: «Es así como Dios ha querido que sea, exactamente en la misma forma que fue planeado. No es difícil aceptar el destino de uno, cuando él mismo ha sido ordenado de antemano. Yo he anticipado este dolor». Aquello no resultaba aceptable para el temperamento de Miguel Angel ¿Qué tenía que ver el fin violento con el mensaje de amor de Dios? ¿Por qué permitió El, que se produjese la violencia, cuando por su misma forma engendraría el odio, el temor, la represalia y la continuación de la violencia? Si El era omnipotente ¿por qué no había ideado un modo más pacífico de llevar su mensaje al mundo?(…)

Pero quiso que el momento histórico acabase con la tranquilidad de Miguel Angel al servicio de los Médici desde hacía más de tres años. Su matrimonio con Contessina fue crucial también para verse involucrado en la intriga política ante la amenaza de Savonarola. Al mismo tiempo el monarca francés Carlos VIII amenazaba directamente a la ciudad-estado con un avance de veinte mil hombres que se acercaban peligrosamente por la Toscana. Florencia corría peligro y Piero de Médici en un intento desesperado trató de ofrecer Pisa y Livorno a cambio de pasar de largo. El pueblo florentino que cada vez era más partidario de las consignas de Savonarola, ordenó su destitución poniendo a Miguel Angel en la encrucijada de ser reclamado por el nuevo que se hacía con el poder. Su lealtad a Lorenzo que no a Piero, le llevaron a rechazar la oferta de esculpir sin volver a preocuparse al tiempo que la amenaza velada de cumplir con el nuevo pudor impuesto le obligaron a tomar una resolución. Esculpir para ellos era perder para siempre su libertad. Una escultura de Donatello, había sido tomada y destruida como todo lo que resultaba demasiado grande o indecoroso. En el palacio solo, comienza a quemar muchos de sus dibujos de anatomía y recogiendo las pocas pertenencia huye solo hacia Boloña camino de Venecia.

(…)-¿Entonces, por qué no os quedáis en Boloña? Aquí tenemos las obras de Della Quercia, que os servirán de estudio. Y hasta podríamos conseguiros algún trabajo. Los ojos de Miguel Angel brillaron esperanzados. Luego informó al señor Aldrovandi que se quedaría en Boloña y trataría de buscar alojamiento. -¡Ni pensarlo! -exclamó Aldrovandi- Ningún protegido y amigo de Lorenzo de Medici puede vivir en una posada de Boloña. Un florentino educado por los cuatro platonistas constituye un regalo muy poco común para nosotros. Seréis mi huésped.(…)

Después de dos meses sin poder esculpir comenzaba a aburrirse de copiar de los famosos escultores que llenaban las iglesias de Boloña. Comenzaba a necesitar un mármol entre sus manos. Aldrovandi continuaba su labor anfitriona entre festejos donde queda prendado de otra mujer, Clarissa. Hasta ese momento la figura femenina carecía de relevancia para ser esculpida. Su parecer se asemejaba a la forma que tenía Botichelli para concebir el cuerpo femenino. La mujer como ser no para amar, sino para dibujar. La juventud abre el fuego dormido hasta ese momento que no solo le provoca desvelos nocturnos sino que se encuentra terminándolas entre sonetos. Clarissa es la amante de alguien cercano al poder que la ha enseñado bien en las artes de conquista. Miguel Angel arrastrado en la tensión amatoria comienza a delinear la posibilidad de una Madonna. Pero vuelve a Florencia a hablar con Contessina…

(…)-Me dijisteis un día que tendría muchos hijos… Contempló las pálidas mejillas, los ojos afiebrados, la respingada nariz de su padre. Y recordó a Clarissa, la sintió junto a Contessina, en aquella habitación. -He venido a deciros que vuestros primos me han ofrecido un trabajo de escultura. No pude unirme al ejército de Piero, pero no quiero que pese sobre mi conciencia ninguna deslealtad. -Sí, me he enterado del interés que tienen -dijo ella- Miguel Angel, habéis probado vuestra lealtad cuando ellos os hicieron el ofrecimiento la primera vez. No hay necesidad de que continuéis esas demostraciones. Si deseáis aceptar el encargo, hacedlo.

A partir de este hecho otro cambio le aguardaba sin saber, instalado en el ¨Palacio Popolano¨ recibe el requerimiento a través de un paje de personarse en Roma.Vida y Éxtasis de Irving Stone

(…)La Capilla Sixtina, construida entre 1473 y 1481, era una enorme estructura en forma de barril. La cúpula rectangular estaba pintada de azul con estrellas doradas. En el extremo se alzaba el altar y, dividiendo el santuario la nave, había una mampara de mármol original de Mino da Fiesole. A ambos lados de la capilla se extendía un magnífico friso de paneles pintados al fresco que llevaba hasta el altar. Miguel Angel se dirigió, emocionado, a los frescos de Ghirlandaio, que recordaba por haber visto los dibujos en la bottega. Se renovó su admiración por la habilidad de Ghirlandaio como dibujante y pintor. Luego fue a ver «La última cena» de Rosselli y después volvió la mirada al Moisés de Botichelli y las obras de los maestros Perugino, Pinturicchio y Signorelli. Mientras recorría la capilla experimentó la sensación de que bajo aquél techo habían sido reunidas las obras de los más grandes maestros de toda Italia.(…)(…)Necesitaba un manto de abrigo para el invierno. Según parecía, no iba a recibir dinero alguno del Cardenal hasta que la escultura estuviese terminada, y ello demoraría muchos meses. Contó sus florines. Tenía veintiséis.(…)(…)Necesitó un mes para terminar, en cera, un Apolo de cuerpo entero, inspirado en el magnífico torso que había visto en el jardín del Cardenal Rovere y una ¨Piedad¨, que era una proyección de su anterior ¨Madona y el niño¨ Escribió una nota al Cardenal, informándole que tenía listos dos modelos para que Su Eminencia eligiese. No obtuvo respuesta.(…) -Los mejores días de mi vida, se van -gimió Miguel Angel- y todo lo que tengo para esculpir es un bloque de ¨Paciencia¨(…)(…)Maria le presentaba un problema distinto. No podía concebirla como una mujer de algo más de cincuenta años, envejecida, arrugada y quebrantada de cuerpo y rostro por el trabajo y el dolor. Su imagen de la Virgen había sido siempre la de una mujer joven, como era el recuerdo que tenía de su propia madre.(…)(…)Ahora tenía que impregnar el mármol de un espíritu manifiesto. Todo tenía que lograr vida si había de crear potencia y monumentalidad al incorporar al mármol la fuerza del hombre.(…)(…) Miguel Angel la despojó de las mantas que la envolvía y por fin, entre todos, la admirable obra fue alzada reverentemente al lugar que debía ocupar, El mismo Miguel Angel enderezó para dejarla en la posición que deseaba. Luego lo Guffatti compraron unas velas a una anciana vestida de negro, y las encendieron ante el nicho. Guffatti se negó a recibir un solo escudo por aquellas horas de durísimo trabajo. -Recibiremos nuestra paga en el cielo- dijo. Aquél era el mejor tributo que podía habérsele hecho a Miguel Angel y fue también el único. Jacopo Galli fue a la capilla, acompañado por Balducci. Los Guffatti y Argiento se arrodillaron ante la «Piedad», se persignaron y murmuraron una oración. Miguel Angel alzó los ojos a su escultura, triste y agotado. Al llegar a la puerta, se volvió para una última mirada. Vio que la Virgen estaba demasiado triste y sola: el ser humano más solitario que Dios había puesto sobre el mundo.(…)(…)Volvió a sus habitaciones y empaquetó sus efectos. Los centenares de dibujos que había hecho para el «Baco» y la «Piedad» los quemó, mientras Argiento iba en busca de Balducci.(…) Se unieron a una caravana de carga que partía para Florencia, la cual se puso en marcha a las primeras luces del nuevo día.(…)

En los entresijos históricos de aquella época que describe Irving Stone se aprecia el deleite competitivo entre las distintas ciudades por exhibir a sus mejores artistas. Cada ciudad deseaba demostrar con el dinero recaudado en sus arcas, que el esplendor había llegado a su ciudad. Por eso escultores, pintores y artistas de diversos gremios contaban si bien no con una excelente paga (salvo en algunos casos) recibían el respeto y la admiración total de su ciudad. Las nuevas esculturas que se le ofrecían de parte del cardenal Piccolomini debían estar todas vestidas. Esto hizo desesperar su temperamento hasta personarse en el despacho para reclamar su oportunidad de esculpir al gigante. Contessina estaba débil y Miguel Angel fue a visitarla. Amamantaba a un bebé y bajo su falda jugaba otro niño de seis años. Quiso saber de sus años en Roma. Era la primera vez que se encontraba cara a cara con su esposo desde que se casaran y al ver al pequeño le pidió que le dejara enseñarle su arte como había hecho su abuelo en el jardín de los Medici.

(…)El cardenal Piccolomini puede muy bien llegar a ser nuestro próximo Papa y entonces la Signoría te ordenará que vuelvas a esculpir estas estatuas de Siena, de la misma manera que obedeció al Papa Alejandro VI y llevó a Savonarola a la pira.(…)(…)Hubo un considerable regocijo, porque el Papa Borgia, Alejandro VI, dejó de existir. Cuando el Cardenal Piccolomini, de Siena, fue ungido Papa, Miguel Angel sintió cierta aprensión. No había trabajo más en las estatuas, ni siquiera en los dibujos. Una sola palabra del nuevo Papa y el gonfaloniere Soderini se vería obligado a retirarle el trabajo del «David» hasta que terminase las once figuras que faltaban y las mismas fuesen entregadas. Se negó a permitir la entrada a nadie en el taller durante un mes y trabajó furiosamente, antes que cayese sobre su cabeza el hacha del Vaticano. La mayor parte del cuerpo de «David» estaba ya realizada; solo le faltaban la cabeza y la cara(…)(…)El cardenal Piccolomini falleció repentinamente en Roma un mes después de ascender al trono papal. El cardenal Rovere le sucedió con el nombre de Julio II.(…)Leonardo da Vinci regresó de su aventura en el ejército de César Borgia, y se le otorgaron las llaves del Gran Salón de la Signaría, como anticipo del encargo de crear un fresco para la pared detrás de la plataforma en la cual el gonfaloniere Sodenini y la Signaría tenían sus sitiales. El precio de aquella obra sería diez mil florines. Miguel Angel se quedó lívido de ira al enterarse. Aquél era el mayor y más importante encargo de pintura otorgado por Florencia desde hacía varias décadas. Se pagarían diez mil florines a Leonardo por un fresco cuya ejecución demoraría dos años. ¡A él por el «Gigante David», se le daban cuatrocientos florines! ¡Con la misma cantidad de trabajo! ¡Y el precio mayor lo cobraría un hombre que hubiera ayudado a César Borgia a conquistar Florencia!(…)(…)De pronto oyó la voz de Leonardo que decía a su espalda: -Me negué a intervenir en el concurso por el bloque Duccio, porque la escultura es un arte mecánico. -Supongo que no consideraréis mecánico a Donatello- interrumpió con voz más grave. -En cierto sentido, sí- replicó Leonardo- La escultura es mucho menos intelectual que la pintura y carece de muchos de sus aspectos naturales. He pasado años trabajando el mármol y el bronce, y puedo deciros, por experiencia, que la pintura es muchísimo más difícil y alcanza mayor perfección.(…)Miguel Angel quedó rígido. Miró por sobre su hombro. Leonardo estaba de espalda a él. Sintió nuevamente que una enorme ira le crispaba los puños. Sentía un profundo deseo de tomar al Leonardo de un hombro, obligarlo a que se volviese, y aplicarle un golpe feroz en aquel hermoso rostro, con el puño de escultor que él tanto despreciaba(…) ¡Algún día obligaría a Leonardo a tragar aquellas palabras!

Miguel Angel había conseguido que su «David» fuese colocado frente al Palazzio della Signoria junto a la «Judit» de Donatello. Contessina se deslizó sin que nadie la viera para llegar hasta su lado.

(…)Lo único que sabía con seguridad era que éste iba a ser el David que él había redescubierto, que utilizaría la oportunidad para crear toda la poesía, la belleza, misterio y drama inherente al cuerpo humano, el arquetipo y esencia de las formas correlacionadas. Los griegos habían esculpido cuerpos de tan perfectas proporciones en su mármol blanco, y de tanta fuerza, que jamás podrían ser superados; pero aquellas figuras no tenían mente, ni espíritu. Su «David» sería la encarnación de todo aquello por lo que había luchado Lorenzo de Medici, de aquello que la Academia Platón consideraba como legítima herencia del hombre: no una pequeña criatura pecadora, que vivía únicamente para lograr la salvación en la otra vida, sino una gloriosa creación, llena de belleza, fuerza, sabiduría, fe en sus semejantes, con un cerebro, una voluntad y un poder interior para dar forma a un mundo lleno del fruto del intelecto creador del hombre. Su «David» sería Apolo, pero considerablemente superado; Hércules, pero en una medida considerablemente mayor; Adán, pero muchísimo más perfecto: el hombre más plenamente realizado que el mundo había visto hasta entonces.(…)(…)Contessina había ido durante la noche, deslizándose sin que la viesen los guardianes. Se había arriesgado para ver a su «David» (…)Se volvió y quedó frente a la multitud que le miraba. Se hizo un gran silencio en la plaza. Sin embargo, Miguel Angel jamás había sentido una comunicación tan completa. Era como si leyesen sus pensamientos mutuos, como si fuesen un solo cuerpo y una sola alma: cada uno de aquellos florentinos que ahora estaban a sus pies, sobre el piso de la plaza eran parte de sí mismo, y él era parte de todos ellos.

Con el murmullo de las guerras de fondo, la agitada vida de Miguel Angel iba y venía arrastrando sus preocupaciones por los caminos polvorientos que dejaban las distintas intrigas político-religiosas que Irving Stone divide en once libros hasta llegar la cúpula. Julio II que consiguió de él no solo su retorno a Roma sino su dedicación para la Capilla Sixtina. A pesar de verse interrumpido su trabajo y de perder a su amor Clarissa por la fuerte presión de las entregas, Miguel Angel desafiaba como el mismo bloque de piedra del que gozaba cuando alguien le hacía un encargo. Incluso en la rencillas artísticas con Bramante, en la construcción de San Pedro, él era capaz de involucrarse con una lealtad que buscaba la misma perfección en todos los detalles que se exigía así mismo. Incluso con las tropas en las puertas y ante algunos asedios, se encerraba a pintar su bóveda para defenderla de que no se la llenaran de cal.

(…)Se fue al pórtico de su casa, corrió la lona que cubría los bloques de mármol y se quedó mirándolos. ¡Había esperado siete años para esculpirlos! Se dirigió a su mesa de trabajo, tomo su pluma y papel y escribió:

«que la tosca piedra, en su superflua cáscara
no incluya; romper el encanto del mármol
es cuanto puede hacer la mano que sirve al cerebro».

(…)El papa Julio II sobrevivió a la terminación del techo de la Capilla Sixtina sólo unos meses. Giovanni de Medicci era el nuevo papa, primer florentino que alcanzaba tan encumbrada distinción eclesiástica(…)(…)Poco antes de su muerte, Julio II le había pagado dos mil ducados para saldar la cuenta de la Capilla Sixtina y comenzar a esculpir los mármoles de la tumba. Desterrados de Florencia el gonfaloniere Sodeniti y los miembros de la Signaría, se había esfumado el encargo que tenía de esculpir el «Hercules» para el frente del palacio de la Signoria. Cuando aquella propiedad, compuesta por un edificio principal construido de ladrillo refractario amarillo, con una galería techada a un costado y un grupo de galones de madera al fondo, salió a la venta  a precio razonable, Miguel Angel lo había adquirido y llevó a él sus mármoles.(…)(…)Esculpía catorce horas diarias, pero sólo necesitaba separarse unos pasos de aquellos mármoles, dar la espalda a sus sólidas imágenes, ir a la puerta y contemplar tranquilamente el mundo, para sentirse completamente frente otra vez. Mientras esculpía el «Moisés» se sentía un hombre de enjundia, porque su propia fuerza cuatrimensional se fusionaba con la piedra tridimensional.(…)El escultor no tenía una mente filosófica, creaba formas vacías.(…)Buscaba al Moisés universal, que conocía el modo de obrar de Dios y de los hombres: al Moisés que había sido llamado.(…) Lo que había impulsado a Moisés fue la resolución de que su pueblo no podía destruirse.(…)

La muerte de Contessina fue un duro golpe para él por la intensa conexión compartida a lo largo de toda su vida. Miguel Angel comenzó una nueva búsqueda de mármoles en Carrara para continuar con el encargo de los herederos de Julio II que lo volvieron a dejar casi en la ruina por no hacerse cargo de los pagos en sus gastos. El ejército de Emperador del Santo Imperio Romano puso en serio peligro la «piedad» y muchas de sus otras obras de arte pero nadie se atrevió a destruir al Cristo que yacía en sus piernas. Cuando el papa Clemente X recupera una cierta normalidad tras firmar un pacto intenta liberar a Miguel Angel del encargo y nombrarle ingeniero de defensa para la construcción de unos nuevos muros de defensa en San Miniato.  Comenzaba a estar cansado y tenía cincuenta y cuatro años cuando le buscaron su primer ayudante, Urbino (Francesco Amadore) que trataba a su mentor como el respeto y la reverencia de un padre. Llegaría pues otro de los encargos cumbres de su trayectoria. Pintar en el altar mayor de la Capilla Sixtina «El Juicio Final» pero el duque de Urbino (descendiente de la familia del Papa Julio II) se presentaría con los contratos que le habían liberado de esculpir en 1532 el resto de las esculturas para San Pedro in Vincoli arrojándolos al suelo y exigiéndole la conclusión de las veinticinco estatuas que aseguraban haberle pagado. Pero los hados estuvieron esa vez de su parte pues el cardenal Farnese fue ungido Papa con el nombre de Pablo III educado también por Lorenzo de Medici.

(…)El cardenal de Mantua era el experto en arte del Vaticano. Declaró con orgullo, entusiasmo y asombro: -Este «Moisés» basta, por sí solo para hacer honor al papa Julio II. Ningún hombre podría desear un momento más glorioso(…)(…)»¿De dónde voy a sacar las fuerzas suficientes para pintar una pared mayor que los paneles de la Capilla Sixtina, pintados por Ghirlandaio, Botticelli y Persigno juntos?»(…)Miguel Angel pudo contar más de trescientos personajes que había integrado de sus dibujos originales, todos ellos en movimiento, ninguno inmóvil: una tumultuosa horda de seres humanos que rodeaba a Cristo en círculos íntimos o remotos. En la parte baja, a la izquierda, estaba la caverna del infierno, con su negra boca abierta, con el cementerio de las eras. El río Aqueronte estaba a la derecha. Miguel Angel se estableció un programa de pintura: una figura de tamaño natural en la pared por día, y dos días para las que tenían un tamaño mayor que el natural. La Virgen emergió como una armoniosa mezcla de su propia madre, la «Piedad» y las vírgenes de Medicci, su propia «Eva» cuando tomaba la manzana de la serpiente, y Vittoria Colonna. Como Eva, era joven, robusta; como las otras, tenía un rostro y un cuerpo divinos.(…)

Miguel Angel ya era considerado el más grande entre los grandes por toda Italia, si bien contaba con una cierta tranquilidad gracias al asueto vitalicio ordenado por el nuevo papa, su preocupación por Florencia como capital cultural consiguió arrancarle las fuerzas una vez más para defender el arte. Carlos V que había respetado el poder de la iglesia, era recibido también por su corte. Vittoria de Colonna cuyo amor y admiración por Miguel Angel era sabido por ambos, le tendió la mano decisiva para frenar una nueva entrada triunfal al invitarlo, y en su arrojo defensor suplicó al propio Emperador su petición logrando así salvarla. Cuando el «Juicio Final» fue por fin abierto al público Irving Stone lo describe también como la auténtica aceptación de su genialidad por parte del papa Pablo III que había quedado asombrado, recibiendo no obstante las feroces críticas por los desnudos. Pero su obra era tan admirada y dibujada por los estudiantes que rindió hasta la inquisición durante el periodo del cardenal Caraffa que había comenzado a corregir obras literarias clásicas e impedir que las imprimieran al tiempo que admiraba y distribuía los sonetos que llegaron de mano en mano hasta la Academia de Platón. El amor imposible por Vittoria consiguió sin embargo darle la fortaleza para seguir trabajando en las obras de San Pedro junto a Sangallo y la reforma del palacio Farnesio. A la muerte de Sangallo, Miguel Angel es asignado como arquitecto oficial de la de toda obra arquitectónica de la basílica San Pedro.

(…)-Santo Padre-dijo-. Podría verme obligado a derribar todo cuanto ha construido Antonio da Sangallo, despedir a los contratistas empleados por él…Toda Roma estaría contra mí como una sola persona.(…)(…) A los ojos del mundo, era, realmente «El Maestro». El papa Pablo III le asignó una tarea más: el diseño y la construcción de las obras de defensa que darían mayor seguridad al Vaticano, y la dirección y erección del Obelisco de Caligula en la Plaza San Pietro.(…)Doquiera había un encargo artístico que otorgar.(…)(…)Miguel Angel se acercaba ya a los ochenta y cinco años. Con un máximo de dinero y hombres, quizás podría llegar hasta la cúpula en dos o tres años. No le era posible calcular cuánto tiempo necesitaría para construir la cúpula, con sus ventanas, columnas y friso decorativo, pero creía que sería posible hacerlo en unos diez o doce años. Eso significaría que su edad sería poco más o menos cien años. Nadie vivía tanto, pero a pesar de sus enfermedades: cálculos a los riñones, jaquecas, cólicos, ocasionales dolores en la espalda y las ingles, y debilidad general, en realidad no se sentía dimininudio en cuanto a su poder creador.(…)

Pese a que todos los acontecimientos externos le llenaron sus días, horas y sueños de ansiedad, nunca se rendía dando gracias siempre por la fuerza que encontraba para luchar, para emprender cada encargo, con el sostén interior de la piedra y el amor por el arte como única gloria capaz de sobrevivir a la vida. Hasta que llegó el día en que no pudo subirse más a un andamio ni respirar o cincelar el polvo de uno de sus mármoles.

El gran viaje

Miguel VillaNadie se creería hoy que un frasco de especie de clavo de olor o similar hubiera podido desencadenar hasta una guerra. Esos frascos que con tanta alegría y abundancia utilizamos hoy resultaban ser el oro negro en 1519. Una metáfora similar ocurre con el oro negro de nuestro siglo, el fatídico petróleo. Podría decirse que la ambición de un rey llamado Carlos I le llevó a financiar una expedición hacia el nuevo mundo siendo Fernando de Magallanes el que pondría la Trinidad rumbo a las Islas Molucas y tras ellos; la Santigado, la Concepción, la Victoria y la San Antonio. A bordo, en una de ellas el intrépido Juan Sebastián Elcano.

(…)Europa había descubierto América hacía menos de treinta años. La corona española y la portuguesa rivalizaban en obtener el mayor poder posible. Una de las calles de ese poder era el mar(…) (…)En ese momento, la posesión marina más preciada era la Ruta de Especias. El comercio del clavo, la nuez moscada o el jengibre daba tal cantidad de beneficios, que se arriesgaba todo. Para obtenerlo o para conservarlo.(…) (…)El viento impulsaba el buque. Sonrió satisfecho, miró las aguas y luego al cielo y musitó una oración de gracias. Hoy tendrían buen viento y mar en calma(…)

Desde el primer capítulo te introduce directamente en la época con su escenario. Con la dificultad de encontrar marineros expertos, cosmógrafos, capitanes, hombres valientes en los que confiar esas expediciones hacia lo desconocido, con la gallardía de encontrar el oro que resolvería su porvenir. Te vas involucrando en la misma; en querer conocer los detalles de tan audaz viaje, hasta el punto, que casi no te deja respirar entre uno y otro capítulo. Quedas inmerso hasta el final en su oleaje y su ley del mar. Entre las órdenes, los motines y el escorbuto. Entre los jefes de tribus que también tenían sus leyes y su defensa a pesar de lo ignorantes que les consideraban los europeos. Y los datos investigados pasan a formar parte de un conjunto que vives con libertad y al mismo tiempo con el recuerdo (diría que imperecedero) sobre la suerte del que llegó primero, quién se quedó por el camino y quién tuvo la confianza para avanzar.

La época bullía de expediciones, exploraciones, grandes fracasos, grandes éxitos que ampliaban el conocimiento que los europeos tenían del mundo.(…)(…)Siglos de tradición provenientes de la Edad Media, decían que más allá de lo conocido sólo habitaban monstruos, nieblas que cerraban sobre las embarcaciones, tormentas horribles que tragaban tripulaciones enteras(…) (…)El comienzo se había iniciado hacía poco menos de un siglo. En Portugal. De forma secreta, la corona de Enrique El Navegante había estado patrocinando y pertrechando barcos. El objetivo: pasar primero el cabo Bojador, al sur de las Canarias, y posteriormente bordear África(…)(…)Bartolomé Díaz logró llegar al punto más al sur del continente, el cabo de las Tormentas, y cruzarlo(…)(…)Diez años más tarde en 1498, Vasco da Gama volvía a cruzar el cabo hasta llegar a la India por primera vez.(…) (…)Y así fue como aconteció. No sólo les negaron la expedición, sino cualquier posibilidad de medrar en ambientes cortesanos(…) (…)Al otro lado de la frontera, España acababa de embarcarse en la carrera de descubrimientos. Y no tenía el monopolio de la ruta de las especies. Ruy Faleiro sabía que el actual rey de Castilla, el emperador Carlos I, haría lo que fuese por obtenerlo(…)

Es una novela cuya aventura te deja con la sensación del recuerdo lejano de unos estudios escolares abruptos con libros áridos en los que formulabas el deseo de un ojalá que la historia me la hubieran presentado de aquella manera para haberla aprendido no solo a memorizar sino a disfrutar con el testimonio y el complicado entresijo de la humana prosperidad.

(…)El viaje había sido tranquilo y rutinario. Algo inusual, por lo que el capitán Serrano se alegraba. Incluso la entrada en el Guadalquivir y arribada a Sevilla, a pesar del peso que acercaba la quilla del buque a los peligrosos bajíos arenosos del río en determinadas zonas. Los operarios recogían la primera caja de botellas, que salían a la luz tras su embarque y estiba. Colgada de cuerdas era bajada con cuidado. El capitán detuvo su mirada en el cargamento un momento, antes de girarla hacia otro lado del muelle, hacia una mujer.(…) (…)Tres hombres, pues, cruzaban la ciudad hacia el Alcázar Real, sede de la Casa de Contratación. Dos de ellos iban ligeramente detrás del primero, vigilando alrededor. Tensos, preparados. Juan Sebastián Encano, que abría la marcha tranquilo.(…) (…)El maestre se encargaba de mantener la disciplina de la tripulación. Es por ello que Elcano se aproximó, con mucha curiosidad y perplejidad. Como hombre de pocas palabras que era, se limitó a inquirir con la mirada y la cabeza, dejando que su compañero se explayase.(…)(…)-¿Y cuáles son las consecuencias? Tendré que continuar con cuarenta amotinados en mis barcos. -¿Cómo? (…)Vaciaremos los cinco buques para limpiarlos y repararlos en su totalidad, como en un astillero. Cada onza de víveres tendrá que ser retirada y almacenada en tierra, para después estibarse de nuevo. Cada metro de madera será pulido y en la obra muerta, arrancadas las conchas y algas que se han adherido durante la travesía. -¿Y quiénes se encargarán de realizar las tareas más pesadas, las más ingratas, con media ración justo para mantenerse con vida? -Pigaffeta palideció.(…) (…)Juan de Cartagena es el instigador del motín, además de haberse levantado contra vuestra merced otra vez.(…)(…)Ese bastardo ha sido nombrado veedor real por nuestro emperador. No me atrevo a ejecutarlo aún siendo doble amotinado. El hecho de ser hijo ilegítimo de nuestro querido obispo Fonseca no sería impedimento para que su cabeza rodase por la cubierta de la Trinidad. No, es intocable. No puedo ejecutarlo(…)

(…)Al estar todos los supervivientes de nuevo en servicio, Magallanes decidió que irían a esa isla de inmediato para investigar acerca de la ruta más deseada. Sin embargo, para despedir adecuadamente a los asiáticos, ordenó una salva con los arcabuces. El ruido atronador sobresaltó a los isleños, que gritaron aterrados, empezando al instante a correr hacia la borda.(…) (…)El rumbo que llevamos no nos complace, Carvalho. El asalto pirático al buque mercante ha sido lo que nos decidió. Nosotros somos marinos mercantes, con una misión clara. Hemos votado y se ha decidido que Juan Sebastián Elcano y yo mismo comandaremos la expedición. Él será el capitán de la Victoria y el tesorero, dadas las increíbles dotes marineras y su honradez absoluta. Yo comandaré la Trinidad(…)(…)LaVictoria pasó por el sur de Madagascar a una distancia suficiente para evitar los barcos que navegasen por la zona. La inquietud de algunos marineros se hizo notar al no detenerse en la colonia portuguesa. Las bombas de achique tenían que utilizarse ahora cinco horas al día.(…) (…)Tres años antes, estaba en el muelle viendo partir a cinco naos. Ahora, cuando subió a bordo y vio los restos del barco y la tripulación que lo gobernaba se le cayó el alma al suelo. Estaba muy dañado, y sólo un milagro había permitido que los veinte hombres que distinguió pudiesen haberlo gobernado y traído a patria.(…)

El gran viaje a las islas Molucas está descrita con el esmero detallado de la historia y el ritmo trepidante de una aventura. ¡Y encima es gratuita! No me lo podía creer…

Musicofilia de Oliver Sacks

Oliver Sacks

Quizá solo fuera entre tenerte y cantarte que aquello que iba a salvarme fuera a corear a ritmo que nublara todo acto razonable, pues postrado y sin autonomía aún podría entonar hasta llegar a un lugar llamado maravilla. Un lugar que reconocieras tuyo por entrar conmigo cada día antes de mi postración. Entonces alzaría tu petición tarareándola entre notas que me devolvieran cordura y una cabal conexión.

Pero si en ella, caigo en el letargo estático de un éxtasis figurado que no tiene pensamiento, ni olor, ni movimiento. Si en la misma posición quedo como muñeco de trapo sin posibilidad de alzar una débil voz, acércate a mi oído y canta para mí un estribillo.

Oliver Sacks nos dice: (…)La extraordinaria tenacidad de la memoria musical que gran parte de lo que se oye durante los primeros años puede que quede en el cerebro durante el resto de nuestra vida. Nuestros sistemas auditivos, nuestros sistemas nerviosos están exquisitamente afinados para la música(…)(…)Chaikovski era consciente de que su enorme fertilidad melódica quedaba muy por encima de su comprensión de la estructura musical, pero tampoco deseaba ser un gran compositor arquitectónico como Beethoven; se sentía totalmente feliz siendo un gran compositor de melodías(…)(…)Y hasta qué punto obedece a resonancias especiales, sincronizaciones, oscilaciones, excitaciones mutuas, o retroalimentaciones en el circuito nervioso inmensamente complejo y de muchos niveles que subyace a la percepción musical y la reproduce, es algo que todavía no sabemos.(…)(…)puede verse afectada por ciertas lesiones cerebrales; hay muchas formas de amusia. Por otro lado, la imaginería musical puede volverse excesiva e incontrolable(…)

¿Qué hay en el cerebro de un compositor? ¿Qué molestia o afinidad para querer tocar solo un instrumento y no otro? ¿Qué ejercicios realiza su mente creativa que se desdibuja entre redondas, corcheas o negras? ¿Qué silencios o crescendos, agonía o éxtasis orquestados por una mano invisible que lleva el compás del movimiento de sus pentagramas? La música embriaga el cerebro y su estribillo campa como gusano que por su territorio pasea, conquistando área por área.

(…)No «oigo» la música sino que «veo» mis manos en las teclas delante de mí y las «siento» mientras tocan la pieza, una interpretación virtual que una vez comenzada, parece desarrollarse o proseguir por su cuenta.(…)(…)Aún cuando sea involuntario o inconsciente, repasar algunos pasajes mentalmente es una herramienta crucial para todos los intérpretes, y tocar de manera imaginaria puede ser tan eficaz como tocar realmente(…)(…)Esto no es una casualidad, pues dicha música, en términos industriales, está pensada para «enganchar» al que la escucha, para ser «pegadiza», para abrirse camino, como corticos, hacia el oído o la mente; de ahí el término «gusanos auditivos», aunque más bien deberíamos llamarlas «gusanos cerebrales»

Y es que la música nos une en un lenguaje emocional en el que a coro cantamos aquello que no podemos expresar ni aún con las mejores intenciones pues la música llega al corazón como la poesía, y en su ritmo y en su lírica hallas el rincón donde guarecerte. El hogar comunicativo común a todos los seres sintientes como las matemáticas que aclaran las espirales del infinito desconocido y ausente. Pero ¿Cuánto puede llegar a sufrir un cerebro musical?

(…)Para aquellos que padecen ciertas enfermedades neurológicas, los gusanos cerebrales o los fenómenos afines -la repetición compulsiva, automática o ecoica de tonos o palabras- pueden adquirir fuerza adicional(…)(…)La mitad de nosotros vamos conectados al iPod, inmersos en conciertos de nuestra propia elección que durarán todo el día, prácticamente ajenos a cuanto nos rodea, y para aquellos que no están conectados surge una música interminable, inevitable(…)(…)Este bombardeo musical causa cierta tensión en nuestros sistemas auditivos, exquisitamente sensibles, que no pueden sobrecargarse sin que haya consecuencias funestas(…)(…)Su música siguió sonando extremadamente alta e instrusiva y sólo se detenía cuando ella estaba intelectualmente inmersa en otra cosas(…)(…)Casi todos mis pacientes o corresponsales ponen énfasis en que la música que «oyen» parece tener al principio un origen externo -una radio, televisión cercanas, un vecino que pone un disco(…)- solo cuando los pacientes pueden encontrar la fuente externa se ven obligados a inferir que la música la genera el cerebro.

Pero es tan inusual y acogedor el lugar sobre el que se asienta para abrazar nuestras ganas de soñar que toda esa música influirá aún sin ser compositor o demostrar dotes especiales para su ritmo. Y lo que es más sorprendente y por eso esbocé una imagen al principio, puede reconectarnos con nuestros seres que se han marchado debido ya sea a un parkinson o tipos de demencia.

(…)A principios de los noventa, Frances Rauscher y sus colegas de la Universidad de California en Irvine diseñaron una serie de estudios para ver si escuchar música podía modificar las capacidades cognitivas no musicales. Publicaron varios concienzudos artículos en los que afirmaban que escuchar a Mozart (en comparación con escuchar música de «relajación» o el silencio) aumentaba de manera temporal la lógica espacial abstracta(…)(…)El poder de la música en el parkinsonismo, sin embargo, no depende de si es conocida o de si gusta o no, aunque en general la música funciona mejor si es conocida y apreciada(…)(…)Resulta útil a los individuos que tienen problemas de equilibrio(…) A quienes padecen Huntington, y que tarde o temprano desarrollan problemas intelectuales o conductuales además de corea, también podría beneficiarles el baile y, de hecho, cualquier actividad o deporte con un ritmo o «melodía cinética» regular.(…)

Entre la inspiración y la molestia hay todo un mundo de colores entre los que evocar pensamientos ayudados por un acorde. Una némesis que vuelve automáticas muchas de nuestras acciones y que pueden llegar a servir de recurso o intentar ensordecer para poder salir de su habitación orquestada, precisa y con tonos descontrolados. Son las dos caras de la ensoñación y el trabajo artístico que lleva la memoria tejiendo para sí una red salvadora sobre la que caer. Y a sabiendas o no, nos entregamos.

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