Cuando empecé a tener edad para cuestionarme las cosas y buscar respuestas, surgían ante las posibilidades libros que a menudo eran de temática budista. Empecé a leerlos por curiosidad personal ya fueran de filosofía, historias no reveladas o sus creencias. Y el eco noticiario de aquellas lejanas tierras continuaba de tanto en tanto.

Todo ello tenía que tener un origen. Siguiendo la pista de ese origen me encontré con varias sorpresas tanto de manipulación política como de negocios turbios y ambición de naciones que se estaban forjando un mañana. La idea de una novela se me presentó como un modo de contar esa parte que había sido recogida tan solo en unos pocos libros de historia académica, todos de habla inglesa, aunque paradójicamente hubieran cientos sobre sus técnicas meditativas y filosofía.

El personaje principal del que parte la narrativa me pedía que fuera inglés puesto que fueron los primeros europeos que llegaron a aquellas tierras para abrir una ruta comercial entre la India y China. Firmando un pacto en 1876 comienzan a incursionarse por el territorio. Lo que encontraron fue una tierra habitada por un pueblo que vivía fundamentalmente del fruto de esa tierra y de la oración. Teniendo sus colonias establecidas así como un Virrey en el que delegaban como al mismo rey de Inglaterra, los planes fueron expandir territorios, rutas por las que transitar sus propias mercancías que acrecentaban las arcas consiguiendo propósitos bélicos así como financiación de las colonias.

Pero necesitaban permisos para transitarla y las fronteras estaban muy difuminadas en algunas zonas. Mientras ellos estudiaban el territorio encontrando minerales, yacimientos y riqueza, el pueblo chino que tenía olvidado aquellos inmensos territorios comienza a temer que el gigante vecino, Rusia, se interesase también en explotarlas.

Una vez abierta la ruta y creado el conflicto paralelamente a las luchas diplomáticas y sus tratados, seguí el rastro de lo que era el otro gran negocio y a mi modo de ver decisivo. El comercio del opio.

Y desde ese primer pacto de 1876 hasta 1922 que es cuando es obligada la retirada total inglesa, construyo una trama que dialoga entre el presente de 1923 y su pasado. Un presente en el que Lend de nacionalidad inglesa, investigador, decide aventurarse hacia aquellas tierras buscando un cambio existencial en su vida, su llegada le abre los ojos a una realidad falseada por los medios de comunicación de la época, provocando en él la disyuntiva moral entre sus creencias occidentales y lo que ve y vive en aquellas tierras. Llega acompañado de un sherpa a Lhasa (capital de la Región Autónoma del Tíbet), y desde su primer tropiezo fortuito, la novela bulle dentro del peligro, los negocios, las ambiciones, la manipulación, la enseñanza en un monasterio. Mostrando la naturaleza afable y bondadosa de un orden artesanal interrumpido por los registros o el miedo a perderlo todo.

Se van cruzando 21 personajes a lo largo de la trama cuya caracterización muestra un pedazo del gigante puzzle que compone SER tibetano, con su filosofía del verdadero respeto a la vida.

Son los años previos a la invasión devastadora que muestro como un norte de claridad en todos esos porqué que no alcanzaba a comprender desde las visitas con sus noticias. Y como reclamo de una vuelta atrás en los parámetros que fueron pasados por alto por conveniencias económicas, pues fueron en aquellos años de guerras lejanas para occidente, cuando se empezaron a gestar las grandes fortunas que iban fundando bancos que a su vez servían de capital circulatorio de prosperidad y que poco le importaba cómo se obtenía, ni de dónde provenía aquél dinero.

El segundo motivo es personal. Se debe a un profundo agradecimiento. Para los que estén interesados, ampliaré los detalles en otro artículo.

Viajé hasta allá pasado un tiempo de haber escrito la novela. Quería comprobar con mis propios ojos que lo que había novelando se correspondía con lo investigado y tomar el peso en su realidad. Está prohibido entrar sin un permiso expreso por parte de China, cuando se dieron las circunstancias de poder llevarlo a cabo, ya llevaba un año hablando con una agencia en Chengdu, lugar desde donde volar con mayor comodidad hasta Lhasa. Intenté organizar el mismo recorrido del personaje principal Lend, pero tres de lo puestos fronterizos donde transcurre la historia en la novela aún siguen cerrados. Borré todas mis redes sociales por si ser escritora traía sus inconveniencias y llevada un poco por mi romanticismo sobre las posibilidades, cogí mi manuscrito inglés con la intención de llevarlo de regalo hasta la reencarnación de mi monje protagonista Kalu Rinpoche cuya visita la había programado (sin decir nada) después del periplo tibetano, llegando a Beijing. También borré cualquier letrero donde apareciese la palabra Dalai Lama y escondí la guía exclusivamente tibetana, pues dentro, también te la requisan. Solo te permiten la guía global del país. No me fue posible entregar el manuscrito pues Kalu Rinpoche se encontraba en Francia.

Mi espíritu de aventura me mantenía con un estado de tensión espectadora entre la culpabilidad (como madre) de arriesgarme a lo que pudiera pasar y una ilusión juvenil de vivir en primera persona la sensación de explorador que llega solo hasta el Campamento Base del Everest. Cosa que también hice. Aterrizando, me pareció genial hacerme una selfie nada más pisar suelo santo, pero las señales insistentes del guía que esperaba, me obligaron a salir corriendo para que el instante fuera inadvertido mientras me empujaban con excusas dentro de un coche (eso sí, con una bufanda blanca rodeando mi cuello). Aquello también estaba prohibido. No se podía sacar fotos a ninguno de los puestos policiales pues corrías el riesgo de tener que entregar tu aparato ya fuera teléfono o cámara. Cuando tuve oportunidad, me arriesgué a capturar el momento.

 

La emoción podía contra cualquier advertencia de aclimatación, necesidad de oxígeno y otras cuestiones que son importantes a tener en cuenta porque pasando antes por Hong-Kong, compré un tratamiento preventivo que duraba una semana. Me lancé sobre el bullicio de Lhasa y los carteles oxidados hace ya tiempo, se mostraban con la misma similitud imaginados en 1923. Salí también con algo de aprehensión hacia los chinos que se encontraban allá pero le sonreí a todo, a las personas con las que me cruzaban fueran del credo que fueran. La acogida previa en China me había ayudado a soltar mis propios temores arcanos. Pero estaba todo controlado. Incluso si querías cruzar la calle para acercarte al Monasterio Potala, debías pasar un control policial y un detector de metales. Y como no podía deambular con la guía de Lonely Planet, debía dejarme llevar en el laberinto de sus calles y del recorrido Bakhor ante el que salías y entrabas casi sin darte cuenta y en el que también debías pasar controles policiales. La tercera noche se nos hico muy tarde cenando en un restaurante «cercano» junto a una amiga italiana del grupo y nos perdimos, solas a la una de la madrugada, aquello era presenciar la desolación, nadie paseaba en la calle. Comenzó a llover torrencialmente. Tuvimos que acercarnos a la primera comisaría de policía que encontramos. No hablaban inglés. Con la tarjeta de la habitación del hotel, le explicamos con señas. Rezongando subimos a un coche patrulla, con un nudo en el estómago por no saber si habíamos infringido algo. En un santiamén, nos dejó sanas y salvas en la puerta mientras nos regañaba en su idioma, solo sonreímos dando gracias en chino.

Tras tres días de aclimatación obligados comenzó el recorrido por la historia parcial de sus monasterios, carreteras despobladas, enormes extensiones de campo y un paisaje que te mantenía embelesado aún en los largos recorridos. La variedad geográfica y la paz que desprendían las montañas te hacían olvidar por completo las luchas, degradación o los negocios. Me llamaba mucho la atención que de tanto en tanto, desde aquellas montañas se observara un letrero incrustado piedra por piedra en la ladera de algunas de ellas. De suerte que un viajero del grupo proveniente de Singapur nos iba traduciendo aquello. Eran mensajes del partido. Mensajes que les recordaban todo el tiempo lo buena que era su presencia allí. Todas las casas debían ondear su bandera en los tejados. Y como es ciertamente difícil vigilar personalmente todo aquello, lo solucionan con figuras de plástico de tamaño humano junto a un coche de policía en la parte más alta del pueblo. El policía haciendo un gesto de saludo, un saludo que les recuerde en todo momento que ellos están al mando.

Los monasterios a diferencia de las costumbres cristianas, son universidades además de edificios religiosos. Son lugares donde cada estudiante es examinado con regularidad sobre las difíciles enseñanzas de su filosofía. Algunos, parecen pueblos completos. Edificios que aún conservan la majestuosidad así como el ingenio con que fueron construidos pese a los escasos medios. Contrastan enormemente con los selfies de símbolos de victoria con que se retratan muchos turistas orientales. Contrastan con nuestras prisas, nuestras miradas, nuestros enfoques y aún así, a todos nos acogen. Vuelves la mirada a un pasado mantenido en el tiempo bajo la enseñanza siempre presente. El silencio y la energía despoblada en sus caminos solo era compartida de mucho en mucho con camionetas turísticas o un Jeep conducido por el mismísimo Discovery Channel. Todo era silencio, todo era calma. Todo flotaba entre la paz y la advertencia en un paisaje cambiante, hipnotizante, deslumbrador. Ya tuvieras que pasar seis o ocho horas antes de llegar hasta una ciudad con algo de población, el recorrido acortaba el tiempo en tu mente.

Desde el silencio se conversa mejor con su filosofía, la filosofía rescatada en las traducciones. La filosofía enseñada por los muchos monjes aventurados en el extranjero que llevan paseando por nuestras ciudades desde que recuerdo. Pero la incertidumbre te hace seguir esperando colas, colas de las que tienes que bajar del vehículo para ser aprobado con el distintivo de su permiso. Con miedo extranjero a la arbitrariedad de un régimen que decide sin preguntar. Con fervientes deseos de pasar desapercibido en todo momento. Intentan abrirse al turismo pese a todo. Pero aún haces tus necesidades en letrinas, duermes en hoteles incómodos -bajo nuestro confortable nivel- y dando gracias, pues en el campo, la mayoría de ellos, aún calientan sus casas con caca de vaca. Y en la nueva China de Lhasa se levantan edificios que te dejan estupefacto en el contraste, compañías de negocios surgidos de la explotación de sus territorios y riquezas. Con una modernización que se ha centralizado en unos pocos que llegan en airbus locales para pasar sus vacaciones escapando del ajetreo de sus capitales e intentar conquistar el silencio que no habita aún en sus corazones. Es difícil quedarse al margen cuando descubres que el único poder de aquellos monjes estudiosos es la belleza de su pensamiento y la forma en que construyen sus rutinas. Es difícil quedarse al margen cuando la ignorancia somete lo que desconoce para después, quedarse con el esqueleto de todas sus ubicaciones, palacios, conventos, monasterios. Es difícil quedarse al margen sin dar a conocer hechos históricos y los testimonios.

Donaré una parte de los beneficios de esta novela. Hago eco de una frase que expresara el Dalai Lama: «El planeta no necesita más gente de éxito. El planeta necesita desesperadamente más pacificadores, médicos, científicos, restauradores, más contadores de historias y propagadores de amor».

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